“Yo templé con Fidel Castro”. Memoria del Exilio

¿Quién de los que coincidió, en tiempo y espacio, con su omnímoda presencia – a la fuerza metida y repetida (hasta el abuso) en nuestras vidas – no lo hizo, aunque sea una vez?

Sí. 

Yo también recholatié y sin…é cantidad  con Fidel Castro 

¡Y mucho!

En repetidas y variadas ocasiones.

¿Qué otra cosa se podía hacer mientras hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hablaba y te mareaba entre verbos, lemas, palabras y consignas de turno?

En vivo y en directo.

Y luego, además, en transmisión diferida.

El continuará…. suyo era incluido, programado y garantizado.

Era como una castigo – especie de catequesis típica del comunismo -para que a todos se nos inculcara, en venas y neuronas, su incesante y tediosa letanía martirio-mortuoria.

Pero, ¿éste hombre no termina? – gritaba una vecina – ¿Dónde se apaga?

El señor que grita en la pantalla – como lo bautizó más de un niño.

¿Cuántas esperas por el próximo capítulo de “la telenovela”, sufrimos, aguantando cansados, su parloteo interminable? Aquello parecía que no se acababa nunca. ¿O no se acuerdan?

¡Qué manera de darle a la lengua, caballeros! ¡Cuánto tiempo perdido!

Hubo una época en que la población lo apodó el patrón de pruebas. ¡Hasta en la sopa te salía!

Y ahora que para los “guardianes de la piedra”, la palabra de orden sigue siendo”el jefe no se toca” o “se juega con la cadena, pero al mono se le respeta”, vienen a mi memoria, tórridos encuentros, de erótico fervor “revolucionario”, o lo que es decir, del coqueteo con el “repello y la recholata”, dentro de la “potajera castrista”.

Gocé mucho sus discursos por una época. Y eso se lo agradezco.

No es que me gustara. No era – nunca fue – ni será, jamás, mi tipo. Los prefiero más sencillos. Como el escolar martiano. Sin tanto aspaviento, ni dados a tanto amor por mandato al tumulto.

Aunque conocí a muchos “machos” cubanos, plátanos burro, bestias peludas, mulos de carga, casados, mujeriegos y con hijos, que al momento de virarse, para morder la almohada, rendidos ante mi alabarda, entre quejidos de placer, me aclaraban: ¡Yo no soy gay. ¿okay?!

– No te preocupes – habitualmente les respondía – Es bioquímica, lo que estamos haciendo, pipo. Un experimento – y pasando dos dedos, sobre mi boca, como si la cerrase con un zipper -agregaba: ¡Mira! Secreto de Estado. ¡Caso cerrado!

Pero la cercanía del máximo líder de la Revolución, por un tiempo me puso. ¡Cómo me puso! Empero, me explicaré en detalles. Hasta donde me es posible evocar.

La primera vez que vino, fue con la inaguración del “Protestódromo”, que queda a una cuadra de mi antigua casa.

Durante largas semanas, sin descanso, aguerridos trabajadores de la ECOA número 5 – nunca supimos que había sido de las otras anteriores – arrasaron con un lindísimo parque, situado frente a la Sección de Intereses de los Estados Unidos (hoy Embajada, ¿vacía? , o qué sé yo qué es lo que pinta allí, esa gente).

Para los vecinos de la zona, fueron días muy difíciles. Sin poder conciliar el sueño con el insoportable ruido de varios martillos hidráulicos – o neumáticos – que acompañaron la constru(destru)cción de ese engendro de hierro y cemento. De día y de noche. Sin parar.

Un espanto pantagruélico, que en la actualidad se oxida – encima – con una facilidad pasmosa.

Otra de las tantas “preciosidades” arquitectónicas, en la “ciudad maravilla”, legadas en casi 60 años de gobierno, como la bella Alamar, la simpar Fuente de la Juventud, Tarará, las escuelas en el campo y la proliferación de bustos de Martí, por todas partes.

Hubo que romper mucho diente de perro, para erigir ese emporio del mal gusto, la bulla, el abucheo y la aglomeración de gentío, que aún es. Aunque ya no quede allí casi personal diplomático, al que vociferarle y ofender. Tampoco estuvieron en ninguna de las protestas o las marchas anteriores. No iban a trabajar esos días. Lo sé, porque el parqueo quedaba en los bajos de mi casa. Nunca entendí el porqué de tanta batahola de multitud enardecida, frente a un edificio vacío.

Bueno, pues, el día del estreno de aquella temporada – en la interminable farsa – se me apareció en la casa.

Con su uniforme verde olivo y la pistola en ristre.

Y un olor a campo, a animal, a macho cabrío, a entrenamiento bravío; bañado en el sudor de su hombría desbordada. Con una reciedumbre del carajo. Potencia. Firmeza. Como para “pegarle con un bate”, pero…, al parecer, híper necesitado de cariño.

Se le notaba en sus ojos medio perdidos.

Reporté un derrite por dentro. Se me hizo la boca agua. Y lo demás… No digo.

Sabiéndose dueño de todo – pues el país era “nuestro” – como ellos mismos, aún, afirman – entró por la puerta, resuelto y combativo. ¡Como Pedro por su casa! Era rey. Pidió ver la azotea. Ésa fue la excusa usada. Pero ni llegó a intentarlo. Le ofrecí café.

Y en lo que se hacía – sin que mediara preámbulo alguno – nos descubrimos, ambos, de repente, intercambiando otro género de fluidos. Efusiva y ardientemente.

Colocó su arma a un lado.

Armándose a cambio un despelote teñido con sal pá fuera, que conllevó, sin escala, a la gozadera. Con la banda sonora del acto heroico en la televisión encendida.

A lo mejor fue el himno nacional – aburrido y forzoso – que escuchamos, invariablemente, al inicio de cada ceremonia oficial, lo que nos hirvió la sangre. Enérgicos ambos. Viriles. Al tiempo que descaradamente desenvueltos.

El café se quemó. ¡Por supuesto!

¿Cómo explicaría a mi madre, el incidente casero, luego? ¡Puaf! ¡A mi la pin…! ¡ Total! – concluí más tarde – ¡A cualquiera se le vuela un cafetera!

Si hubiesen querido hacerle un atentado al Fifo, habrían descubierto una brecha en mi azotea. Débil, vulnerable. Mucho menos expuesta. Matizada con sexo, mentiras y video.

Vino después con cada discurso. ¡Y dio muchos por esas fechas!

Hubo pasión desmedida en cada encuentro. Ansia acumulada. Amor perjuro. Relax, esparcimiento.

Arropados, desnudos, en la poca “libertad” que ofrece invariablemente la recondenada clandestinidad.

Imagino que ser un súbdito tan disciplinado y sempiterno de la Patria requiere de abstenciones frecuentes a algunos placeres mundanos. Recónditos. Secretos. Y/o éso, conlleva, por ende, a fingir demasiado.

Pobre hombre – pensaba, yo, entonces – enclaustrado en su vida militar. Preso en su poder de mandos. ¡Qué desperdicio! ¡Qué pingustia! ¡Qué falta de encueradera!

Con el Patria o Muerte habitual – perenne-ultimátum-alarido del “Caballo” dictador -terminamos, cada vez, rápido y a la carrera. Pero a dúo sincopado. En un exhausto y aguerrido: ¡Venceremos!

¡Qué ricura!

Apagábamos la televisión y con la misma: “¡Recoge y vete!” “Si te he visto no me acuerdo”

-Y ya sabes: (de nuevo, la mordaza en la boca) ¡Mira! Secreto de Estado. Caso cerrado.

Parece que le cogió el gusto al meneo porque repitió bastante.

Un día que no se celebraba conmemoración ninguna y que al parecer descansaban los fervores patrios, regresó de “incógnito”, vestido de civil, como cualquier paisano. Con una camisita de cuadros que parecía quedarle pequeña y estrecha.

Pensé que era uno más que iba a pedir la visa norteamericana. Pero no. Pasaba por allí, “de casualidad”. Y quería verme. ¡Verme y otras cosas más! Que la carne es débil y ninguno de los dos, cultivábamos vocaciones de monje.

Fue el inicio de la muerte en nuestra relación. Ya no era lo mismo. No había tensión. Nos faltaba el discurso. No había comandante. Ya le había dado por hablar en otras partes. Porque hablaba por todos lados. De todo. A cualquier hora lo podías escuchar.

Le canté el himno con una banderita – de aquellas de papel y palo – agitándola al viento, en el intento de erguir, con arrebato, nuestros “nacionalismos caídos”, pero nada. Aquello se fue apagando. Poco a poco. Y murió. Como mueren las cosas, cuando no son del alma.

Se acabó todo, de lo poco que se dio. Algo más que se acababa. Y el tiempo pasó y pasó.

Y el águila por el mar.

Y las auras tiñosas continuaron circunvolando, el cielo blanqui-azulado, sobre el Habana Libre, cada vez más maltratado.

Y me olvidé de todo aquello. Porque amor que fue y no es, como decía Bernabé, es como si no hubiese “fuese-sido”. Aquello era sólo sexo. O “una mera cuestión sanitaria” – al mordaz estilo de Virgilio Piñera.

Poco antes de fallecer “quien tú sabes”, se publicó en el periódico Granma la foto de un homenaje que daba el jefe a sus colaboradores más cercanos. Era algo simple: un diploma o alguna medalla. La distinción, a tantos años de servicio, en un papel o una mierdita colgante.

Y allí estaba él. Con la misma camisita a cuadros, aún pobre e igual de estrecha.

¡Ni avituallaron propiamente, todo ese tiempo a aquel devoto semental, travestido tras su tupido bigote!

Sentí pena ajena en la alegría que mostraba bajo su condecoración. A mí me supo como un premio al disimulo. Y recordé una frase que, muy a menudo, decía la madre de un viejo y querido amigo:

– “Nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir con ella”.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de TRAVELCUBADEEPER.

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